


Entropía
En Els 7 pecats digit@ls, Vidaña comenzó a hacer de la pintura fosforescente algo más que una técnica. La convirtió en una poética de lo que aparece y desaparece, de aquello que la luz muestra y también de lo que deja fuera. En Entropía lleva esa exploración hacia un territorio más sombrío. Esta vez, lo que emerge y se oculta son los cuerpos atravesados por la guerra.
La instalación enfrenta dos escenas que nunca llegan a coincidir ante nuestros ojos. Con la sala iluminada aparecen los soldados, anónimos tras sus uniformes y sus armas. Cuando la luz se apaga, se desvanecen y, enfrente, surgen quienes estaban bajo su punto de mira: mujeres, hombres y niños. Pero para ver unos cuerpos tenemos que dejar de ver los otros. La obra nos obliga a una mirada escindida entre la maquinaria de la guerra y los cuerpos sobre los que recae.
Nuestra experiencia de las guerras contemporáneas también llega fragmentada. Vemos bombardeos, ruinas, cadáveres, estadísticas donde antes había nombres. Rara vez vemos la escena completa. Esa fragmentación no es inocente. La violencia resulta más soportable cuando las víctimas dejan de ser alguien y se convierten en cifras. Vidaña trabaja precisamente contra esa abstracción. Frente al lenguaje de los objetivos, los cálculos y los daños, devuelve a la escena cuerpos que sienten miedo, se abrazan y buscan protegerse.
Antes de las ruinas hay otros derrumbes. Vidaña toma de la física la palabra entropía, asociada a procesos irreversibles y a la dispersión de la energía, y la convierte, con la cautela que exige toda metáfora, en una imagen del desgaste social. Lo que le interesa no es el caos, sino aquello que puede empezar a deshacerse mucho antes de que aparezcan los escombros. Se erosionan la empatía, la solidaridad, la confianza, esa disposición elemental a reconocer que la vida ajena también nos concierne.
Pero la entropía de Vidaña no es un destino. No hay ninguna ley natural que conduzca a una sociedad hacia la guerra. Su obra apunta precisamente a lo contrario: la violencia necesita condiciones que la hagan posible. Antes de estallar, una guerra ha tenido que entrar en el horizonte de lo imaginable y, después, de lo tolerable. Hay que fabricar al enemigo, alimentar los miedos, acostumbrarnos a que unas vidas valgan menos que otras.
En esa atención al cuerpo expuesto se encuentra también con Goya. Los fusilamientos del 3 de mayo no funcionan aquí como una cita culta, sino como el reconocimiento de una escena que persiste. Muestran el momento en que esa erosión de los vínculos adquiere una forma concreta. A un lado, la fuerza armada; al otro, la fragilidad de unos cuerpos expuestos ante ella. Han cambiado los uniformes y las armas. También la distancia. Drones, algoritmos e inteligencia artificial pueden separar a quien identifica un objetivo, quien autoriza un ataque y quien finalmente muere. La técnica aleja el gesto de matar y lo distribuye entre pantallas, cálculos y decisiones. Al otro extremo de esa distancia, sin embargo, sigue habiendo un cuerpo.
Vidaña deposita entre ambos lienzos el símbolo de la paz. No lo eleva ni lo protege. Lo deja en el suelo. Para atravesar la instalación tendremos que pisarlo y, al hacerlo, iremos borrándolo poco a poco. Hasta entonces habíamos contemplado cuerpos amenazados. Ahora es nuestro propio cuerpo el que entra en la obra y deja una huella. La paz abandona así la comodidad de los emblemas y adquiere la fragilidad de las cosas que dependen de nuestros actos.
Gaza, Ucrania, Irán y tantas otras guerras que apenas llegan a nuestras pantallas impiden contemplar Entropía como una alegoría distante. La obra habla de ellas, pero también de nosotros, de la distancia que ponemos entre sus cuerpos y nuestra mirada.
Tal vez por eso, al salir de Entropía, la pregunta no sea qué hemos visto en la oscuridad, sino qué sigue ocultando la luz.
Antoni Aguiló, filósofo.
